Un carguero encalla en un jardín… y no es una película

  • Un buque de 135 metros acaba en tierra tras dormirse el timonel. El dueño de la casa creyó estar soñando, pero se despertó con la proa en su jardín.

Crónica de un encallamiento surrealista

La escena parece sacada de una comedia absurda, pero ocurrió de verdad en la costa de Byneset, al oeste de Noruega. En plena madrugada, un carguero de 135 metros de eslora terminó encallado en el jardín de una vivienda particular. El responsable: el único marinero de guardia en el puente de mando… que se quedó dormido.

“Pensé que estaba soñando…”

Johan Helberg, el dueño de la casa afectada, dormía tranquilo cuando el buque irrumpió en su propiedad. No oyó el golpe. Fue un vecino quien, tras varios toques insistentes a la puerta, logró despertarlo. «Pensé que estaba soñando», declaró Helberg a la televisión pública noruega NRK. «Cuando miré por la ventana, había una enorme proa allí. Fue completamente absurdo».

El carguero se dirigía desde el norte de Noruega hacia Orkanger, en el interior del fiordo de Trondheim. Nadie resultó herido y, por suerte, no se registraron daños graves ni vertidos contaminantes.

Dormirse al timón: una peligrosa tendencia

Las autoridades noruegas confirmaron que solo había un tripulante al mando, y que no se detectaron fallos técnicos ni consumo de alcohol. El marinero admitió simplemente que se quedó dormido. Aunque parezca un despiste menor, el incidente reabre un viejo debate en el sector: ¿es aceptable que un buque de este tamaño navegue con una sola persona de guardia?

La automatización de la navegación y la reducción de tripulaciones han mejorado costes, pero también han incrementado la exposición a errores humanos. Este episodio lo demuestra con un ejemplo casi cinematográfico.

¿Y si ocurre en la costa gallega?

En lugares como Galicia, donde la línea entre el mar y la vivienda es muchas veces una calle estrecha o un muro bajo, el riesgo de accidentes similares no es descartable. Las casas frente al mar, típicas de rías y calas abrigadas, podrían ser víctimas involuntarias de fallos humanos si no se refuerzan los sistemas de control de navegación y vigilancia.

Este encallamiento “de jardín” es una advertencia con humor negro: el mar no perdona ni las siestas.