- El fenómeno óptico del rayo verde, visible al ocaso sobre el mar, vuelve a asomar en Loiba. Un vecino lo capta desde el icónico banco de Ortegal.
El rayo verde, ese destello fugaz que el mar revela al atardecer
Una joya óptica que solo el océano sabe mostrar
Sobre los acantilados de Loiba, en pleno corazón de la costa de Ortegal, el Atlántico vuelve a ofrecer uno de sus espectáculos más esquivos: el rayo verde. No es magia, pero se le parece. Este fenómeno óptico, tan bello como difícil de presenciar, ha sido de nuevo capturado por el vecino Rafael Prieto Vidal, desde su puesto habitual: el conocido como “mejor banco del mundo”, con vistas infinitas al horizonte donde el sol y el mar se funden en un mismo trazo.
En los últimos días, Prieto —observador minucioso del cielo y creador de este mirador natural— ha logrado retratar por segunda vez este fenómeno que ocurre apenas durante un segundo, cuando el sol se despide del día y se hunde en el océano. Ya lo había conseguido en 2018. Ahora, vuelve a demostrar que la costa gallega también guarda secretos que solo el que espera sabe ver.
Un efecto óptico que exige paciencia… y mar
“El rayo verde no es fácil de ver”, advierte Enrique Alonso, presidente de la Fundación Ceo, Ciencia e Cultura, y promotor del Observatorio Astronómico de Forcarei. No se trata de un rayo como tal, sino de un leve destello verdoso que aparece justo antes de que el sol desaparezca por completo en el horizonte. Su origen está en la física atmosférica: es la refracción de la luz solar, alterada por la densidad y estabilidad del aire, que en determinadas condiciones separa los colores del espectro visible.
“Es como una firma que deja el sol antes de irse”, describe Alonso. Cuanto más limpia y estable está la atmósfera, más posibilidades hay de que ocurra. El mar, añade, es el mejor escenario posible: sin obstáculos, el sol se deja ver unos segundos más que sobre tierra firme, lo que amplía la ventana para el fenómeno.

(Puesta de sol, en un momento previo a la formación del rayo verde – Rafael Prieto Vidal)
Un fenómeno para marineros, observadores y soñadores
Aunque el rayo verde puede observarse desde cualquier punto con buena visibilidad y horizontes limpios, el litoral es su territorio natural. Por eso tantos navegantes han hablado de él a lo largo de la historia, y por eso también Julio Verne le dedicó una novela. “Sobre el mar es donde mejor se produce”, insiste Alonso, “porque no hay montañas ni vegetación que lo oculten y porque el ángulo de visión es más generoso”.
Este detalle no es menor para quienes viven del mar o con el mar. Marineros, percebeiros y mariscadores llevan generaciones observando el cielo para interpretar el tiempo o el rumbo. En esa sabiduría oral, el rayo verde es un símbolo de buen augurio, un lujo de la naturaleza que, cuando aparece, parece recompensar la espera y la conexión con el entorno.
Loiba: más que una postal, un mirador al cosmos atlántico
Rafael Prieto, nacido en Feás pero afincado en Loiba, ideó hace años el banco que se alza en este punto estratégico del litoral de Ortigueira, entre el cabo Ortegal y los temidos Aguillóns. Desde allí, el paisaje se transforma al atardecer en un escenario épico. “He podido ver el rayo verde hasta tres veces estos días”, cuenta, aunque no todas las veces logró captarlo con la misma nitidez.
Sus fotografías, más allá del valor estético, también son documentos científicos. En tiempos de cambio climático, la calidad de la atmósfera varía y con ello la frecuencia de fenómenos como este. La captura del rayo verde no es solo poesía visual: es también una señal del estado del aire y del comportamiento de la luz en nuestra atmósfera costera.
Una postal gallega que seduce al mundo
La viralidad del “mejor banco del mundo” en redes sociales y medios internacionales ha convertido Loiba en un icono del turismo gallego. Pero más allá del reclamo, el banco de Rafael y su rayo verde representan algo más profundo: la posibilidad de que el litoral gallego, además de vida y economía, sea también ciencia y arte.
Cada fotografía de ese segundo fugaz es una invitación a mirar el mar de otro modo. Y en ese ejercicio —entre la observación y la emoción— Galicia tiene mucho que enseñar.