- El marisqueo a pie en Arousa se enfrenta a una crisis histórica: menos permisos, bajos ingresos, y sin jóvenes que tomen el relevo en las playas.
El declive silencioso de un oficio milenario
En la ría de Arousa, donde el marisqueo a pie ha sido durante siglos un sustento esencial para cientos de familias, las cifras hablan de una sangría que parece no tener freno. En solo dos años, se han perdido más de 200 permisos de explotación (permex), y la previsión de las agrupaciones es que a finales de 2025 caerán aún más. Detrás de estos datos hay una realidad tan cruda como invisible: cada baja es una mujer menos recogiendo marisco, un hogar más que busca alternativas fuera del mar, una tradición que agoniza.
“Esto ya no da para vivir”, lamenta María Porto, presidenta de las mariscadoras de Carril. Lo dice con conocimiento de causa: cuando empezó en el oficio, eran 96 mujeres en su agrupación. Hoy, apenas superan la treintena. “Hay compañeras que se han ido a fábricas o a buscar trabajo en tierra. No queda otra”, añade. En playas como A Fangueira, donde han puesto las últimas esperanzas, la producción apenas crece. Y sin producto, no hay ingresos.
Una década de caídas y riadas
Aunque el declive se arrastra desde hace más de una década, el punto de inflexión llegó tras las riadas de 2022. La alteración del ecosistema marino —con problemas de floración y menor engorde del marisco— agravó una situación ya complicada. En lugares como A Illa, Vilanova o Rianxo, los topes de captura se han desplomado y hay jornadas en las que apenas se alcanzan los dos kilos de almeja japonesa. La babosa, cuando aparece, llega con cuentagotas. Y las campañas de libre marisqueo, tradicional válvula de escape, apenas dan para mantener unas pocas embarcaciones en zonas como O Bohído.
Las lonjas acusan el golpe. Mientras Carril resiste gracias al peso de los parquistas, otras cofradías ven cómo su facturación se tambalea. La falta de ingresos y la incertidumbre están dejando en jaque a un sector que, paradójicamente, sigue siendo mayoritariamente femenino: tres de cada cuatro permisos en Arousa están a nombre de una mujer.

Sin relevo generacional: ¿quién quedará para limpiar las playas?
El problema no es solo económico. Es estructural. La mayoría de mariscadoras tienen entre 51 y 60 años, y el relevo simplemente no llega. Las jóvenes no se incorporan, atraídas por trabajos menos exigentes y más estables. “Yo lo veo difícil”, admite Porto. Según datos de la propia Consellería do Mar, apenas hay mariscadoras menores de 30 años en activo.
La falta de personal ya está afectando a la propia sostenibilidad del trabajo. “Si seguimos bajando, no vamos a tener gente ni para limpiar las concesiones”, advierte la presidenta de Carril. El mantenimiento de las zonas marisqueras —fundamental para que el recurso crezca— depende del esfuerzo colectivo. Pero si cada vez hay menos manos, la ecuación no sale.
Una vida en el mar… que ya no alcanza
Sonia Charlín, mariscadora de A Pobra con más de 20 años en el oficio, resume bien la situación: “Antes sacábamos 200 euros al día, ahora ni 50”. Comenzó mariscando a flote, en un sector dominado por hombres, y acabó cambiando al marisqueo a pie, donde las mujeres son mayoría. Hoy, con tres hernias y problemas lumbares, trabaja de rodillas. “O mar pasa factura”, afirma.
El oficio, que muchos veían como compatible con la vida familiar, se ha vuelto insostenible. Las cuotas se reducen, la cría no alcanza talla comercial, y los topes bajan mes a mes. “Este mes en A Pobra tenemos cuatro kilos de japónica y medio de fina. Eso no da ni para cubrir gastos”, explica Sonia, que como tantas otras, se ha visto obligada a buscar un segundo empleo. Como autónomas, las mariscadoras deben afrontar cuotas mensuales que muchas veces superan los ingresos obtenidos en el mar.
¿El principio del fin?
En 2015 había 1.688 permex en Arousa. Hoy, apenas 1.430. La tendencia no solo continúa, sino que se acelera. “Esto fue cuesta abajo y sin frenos”, resume Sonia. En una ría que representa todavía el 43% del marisqueo a pie gallego, la pérdida de operativas significa mucho más que un descenso de cifras: implica el posible colapso de una cultura, de una economía local, y de uno de los oficios más identitarios del litoral gallego.
Desde organizaciones como Mulleres Salgadas, que esta semana participaron en el foro mediterráneo “Women Together in FiSHEries”, se insiste en visibilizar la voz y el peso de estas trabajadoras. Pero el reconocimiento simbólico no basta. “Se nos acaba el tiempo y también la paciencia”, advierten desde el sector.
Un modelo agotado que pide auxilio
Arousa lanza un SOS. Las playas que antes daban vida hoy se vacían. La biodiversidad, los cambios climáticos, la presión de la contaminación y la falta de relevo están asfixiando al marisqueo a pie. En un momento en el que se habla de sostenibilidad y economía azul, pocas realidades ilustran mejor el abismo entre los discursos y la costa real.
La Xunta, las cofradías, las asociaciones y los consumidores tienen la oportunidad —y la responsabilidad— de actuar. No ya para salvar una actividad económica, sino para preservar una parte del alma marinera de Galicia.