- La caída del marisqueo empuja a mujeres reinventarse en el turismo marinero y a mantener viva su conexión con el mar.
Un oficio en peligro
El eco de las rasquetas se apaga en las playas gallegas. Cada año, el marisqueo a pie pierde rentabilidad y con él se diluye una forma de vida que ha sostenido a miles de familias en las rías. La producción cae, las subastas en lonja se desploman y las cuotas apenas alcanzan para cubrir los seguros. En este contexto incierto, muchas mariscadoras buscan alternativas para seguir vinculadas al mar sin abandonar del todo su identidad marinera.
“Ser mariscadora ya no da para vivir”, reconoce Rita Vidal, de Carril (Vilagarcía de Arousa). Con 14 años de experiencia en el sector, ha decidido dar un giro: ahora combina la extracción de almeja con las rutas de turismo marinero. Su historia resume una tendencia que crece en toda la costa gallega: la reinvención del mar a través del turismo, la educación y la sostenibilidad.
La reinvención de Rita Vidal
Rita empezó de joven como subastadora y trabajadora de lonja. Pero hace años comprendió que el futuro del marisqueo era frágil. “Lo miré la semana pasada —dice—: llevo facturados 4.100 euros este año, y después del seguro apenas me quedan 300 al mes. Así no se puede”. Ante ese panorama, decidió no rendirse.
Junto a otras compañeras fundó la asociación AmarCarril, una iniciativa pionera que mezcla divulgación, inclusión y turismo marinero. Organizan talleres donde los visitantes —a veces en silla de ruedas o con discapacidad visual— pueden experimentar el trabajo real de una mariscadora: sentir el salitre, tocar la arena y comprender el esfuerzo que hay detrás de cada kilo de almeja.
“El turismo nos permite explicar lo que hacemos y poner en valor nuestro oficio. Mucha gente no imagina que las almejas se cogen a mano”, cuenta Rita. La experiencia ha atraído visitantes de todo el mundo, desde Canadá hasta Nigeria, y ha convertido a Carril en un pequeño referente del turismo pesquero inclusivo.
Crisis y cambio en el sector marisquero
Lo que ocurre en Carril no es un caso aislado. La producción marisquera gallega ha caído más de un 40 % en la última década, según datos de las lonjas. Las causas son múltiples: cambio climático, contaminación, sobreexplotación, burocracia y falta de relevo generacional.
“Hay días que no compensa ni salir al mar”, admiten muchas mariscadoras. Los precios se han estancado —una almeja fina se paga casi igual que hace 30 años— mientras los costes se disparan. “Mi madre vendía la almeja a 1.500 pesetas, hoy me la compran a nueve euros. No hemos avanzado nada, solo subieron las cuotas”, lamenta Rita.

A esta presión económica se suma la competencia del marisco de importación y de la acuicultura extranjera. En este contexto, la Xunta y el Gobierno central han impulsado programas de turismo marinero y diversificación pesquera, pero la realidad avanza más rápido que las ayudas. Son las propias trabajadoras las que están marcando el rumbo con proyectos autogestionados y sostenibles.
Turismo marinero: una nueva economía azul
El turismo marinero se ha convertido en una tabla de salvación. Las rutas guiadas por mariscadoras, las visitas a lonjas, la gastronomía de proximidad y la interpretación del paisaje litoral son ya una fuente complementaria de ingresos y, sobre todo, de orgullo.
“Gracias al turismo, los visitantes entienden por qué el marisco tiene valor y por qué debemos cuidarlo”, explica Rita. AmarCarril ofrece rutas por la isla de Cortegada, talleres educativos y experiencias en el Parque Nacional Marítimo-Terrestre das Illas Atlánticas, combinando divulgación y conservación.
La iniciativa ha recibido reconocimiento nacional por su enfoque inclusivo y educativo. Además, figuras públicas como Ona Carbonell o chefs internacionales se han interesado por su labor, lo que demuestra el potencial del turismo marinero como escaparate de la cultura costera gallega.
Mirar al futuro sin perder la marea
Rita Vidal lo tiene claro: “El marisqueo desaparecerá en diez años si no cambia nada”. Pero no por ello piensa dejar el mar. “Encerrada en una fábrica me moriría en vida. El mar es libertad”.
Su proyecto no solo da voz a las mariscadoras, sino que conecta generaciones y enseña a los más pequeños el valor del trabajo artesanal a través del personaje de “Marisquiña”, una niña que acompaña a su madre mariscadora en sus aventuras educativas por la ría.
El caso de Rita es el reflejo de un cambio profundo en el litoral gallego. De la tradición al turismo, del trabajo invisible a la experiencia compartida. Porque cuando el mar se complica, las mujeres del mar demuestran que aún saben encontrar el rumbo.